Domingo, 24 de mayo de 2020 ASCENSIÓN

Textos: He 1, 1.11; Ef 1, 17-23;  Mt 28. 16-20

El relato de la Ascensión del Señor no es un reportaje de un suceso. Es expresión de la fe de las primeras comunidades cristianas que nos quieren comunicar su vivencia real, y nos dejan el testamento de Jesús Resucitado. Presentan el recuerdo de su muerte, la frustración del proyecto del Reino en la cruz, y su confirmación por el Padre con su resurrección. 

El testamento de Jesús es que en su nombre se salga a predicar, a difundir el anuncio de la Buena Noticia para todas las naciones, pues no puede quedar encerrado, ni ser exclusivo de nadie.  Como hijos de un mismo Padre, nos comprometamos en construir un mundo más humano, en paz y justicia, según el corazón de Dios. No hay fronteras culturales, sociales o políticas que limiten la vivencia y transmisión de lo que Dios quiere para la humanidad toda.   

Esta es la misión: convocar a los «seguidores» de Jesús, que conozcan su mensaje, sintonicen con su proyecto, aprendan a vivir como él y reproduzcan hoy su presencia en el mundo.  No estaremos solos ni desamparados.  La fuerza del Resucitado lo llena todo con su Espíritu. Todo está orientado a aprender y enseñar a vivir como Jesús y desde Jesús. Él sigue vivo con nosotros y entre nosotros curando, perdonando, acogiendo… humanizando la vida.

Estamos invitados a ser testigos del amor del Padre, expresado en la vida de Jesús, en su misma persona. Ser testigos, con nuestra vida y con nuestro modo de estar y actuar.   Esta tarea de ser testigos supera nuestras limitadas fuerzas, tanto en su comprensión como en el peso de su compromiso. Vemos cómo los mismos discípulos no terminaban de entender, y por eso algunos de ellos se plantearon si era el momento de establecer “la soberanía de Israel”, refiriéndose a un reino político-social-religioso. 

Desde lo que experimentamos en el país, no dejamos de preguntarnos si es posible una sociedad de justicia y paz, de hermanos, si es posible lograr la felicidad y una vida digna que todos anhelamos desde lo más hondo de nuestro ser. Se ve tanto sufrimiento en la gente, tanta injusticia y abuso… No es de extrañar que un sentimiento de dolor, desaliento e impotencia se vaya apoderando de nosotros, se nos encoja el corazón, y nos cueste seguir manteniendo la esperanza. No resulta fácil frenar los brotes de violencia que aparece en nuestros corazones.

Con la celebración de hoy afirmamos que creer en la Ascensión es querer ser fiel a esta tierra hasta el final, y mantener el anhelo y aspiración verdaderamente humanos, sin defraudar ni desesperar. El seguidor de Jesús cree y espera un mundo nuevo y definitivo; no puede tolerar ni conformarse con este mundo tan lleno de odios, lágrimas, sangre, injusticia, mentira y violencia.   Quien no hace nada por desterrar la violencia y el sufrimiento, no cree ni puede esperar una sociedad fraterna. Quien no lucha contra la injusticia, no cree ni puede esperar un mundo más justo. Quien no trabaja por liberar al hombre del sufrimiento, no cree ni puede esperar un mundo nuevo y feliz. En el Señor resucitado tenemos la gran seguridad de que el amor triunfará. No nos está permitido el desaliento. No puede haber lugar para la desesperanza. 

En la celebración de la Ascensión se nos dice que Jesús se va, pero nos deja el Espíritu Santo y la tarea de expandir la Buena Nueva en nuestras manos, y de ser testigos de su Resurrección. El estará con nosotros de otro modo, y nosotros seremos sus manos, sus pies y su corazón. Esta fe no nos dispensa del sufrimiento ni hace que las cosas resulten más fáciles. Es la hora de que crezcamos y asumamos nuestro compromiso. Quedan grabadas en el corazón de los creyentes las últimas palabras del Resucitado: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo». Este es el gran secreto que alimenta y sostiene al verdadero creyente: el poder contar con Jesús resucitado como compañero de camino, llenos de vida, de ternura y confianza.  Esta experiencia es lo que hoy deseamos y pedimos para todos nosotros.

TAREA:

  1. Leamos el texto de los Hechos y del Evangelio de hoy. Veamos como rebotan cada una de las frases en mí. Y pido que mi fe salga fortalecida, como la de los primeros discípulos.
  2. Una reflexión: Si los cristianos somos testigos de Jesús, la gente debiera de preguntarse qué hay de especial en nuestras vidas que nos hace ser y actuar como lo hacemos. ¿Levanta nuestra vida esa pregunta? ¿Es contagioso nuestro modo de ser y de proceder? ¿Somos una bendición en la familia y en la sociedad?

Evangelio. Mt 28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban.  Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.

S A L M O   6 3  y  1 1 7 

Oh Dios, Tú eres mi Dios, a Ti te busco. –

Mi alma tiene sed de Ti, – 

por Ti se estremece mi carne, – tierra seca, agrietada, sin agua.

Mejor es tu amor que la vida. –

Mis labios cantarán tu alabanza. –

Yo quiero bendecirte mientras viva – 

y levantar mis manos a tu Nombre.

Acostado en mi lecho, pienso en Ti – en Ti medito cuando velo en la noche, –

en Ti, que fuiste mi auxilio, – y me alegro a la sombra de tus alas. –

Mi alma se cobija junto a Ti – y tu diestra me sirve de apoyo.

Alabad al Señor, todos los pueblos, – 

que le bendigan todas las naciones, –

porque es fuerte su amor para con todos,

porque su verdad es para siempre. 

Camino que uno es

Peregrino,
sólo hay camino,
no más.

Casa y labrantío
no sé si tendrás.
Tierra para sepultura
todos no van a encontrar.

Peregrino,
solo hay camino,
no más.

Camino que uno es,
que uno hace al andar.
Para que otros caminantes
puedan el camino hallar.
Para que los atascados
se puedan reanimar.
Para que los muertos
no dejen de estar.

Camino que uno es,
que uno hace al andar.

Si nos cerca la alambrada,
somos brazos por demás.
Si la noche se te cierra,
enciende la oscuridad
juntando todos los ojos
que van por donde tú vas.

Dios es Dios
en todo y siempre.
La Historia se hace al pasar,
labrando en el día a día
nuestra hora y su lugar.

Recoge toda la sangre
en el sol que alumbra ya.
El alerta, de los viejos;
de los mozos, el afán;
la libertad de los indios
y de los niños, la paz.

Haz del canto de tu Pueblo
el ritmo de tu marchar.
Sacude el largo letargo,
deja nostalgias atrás.
Quien camina en la esperanza,
vive su mañana ya.


(Pedro Casaldáliga)

DOMINGO 17-5-2020 6º DE PASCUA

Textos: 8, 5-8. 14-17; 1Pe 3, 15-18; Jn 14, 15-21

Las palabras del Evangelio de hoy nos pueden animar y a sentirnos acompañados en esta prolongada cuarentena. Comentaremos dos mensajes: la presencia del Espíritu en nuestras vidas y sobre cómo entendemos el amor desde la propuesta de Ignacio de Loyola.

Jesús resucitado vive, y su manifestación consiste en la presencia del Espíritu: “…yo le rogaré al Padre y él les enviará otro Consolador que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad… (que ya) habita entre ustedes y está entre ustedes. No les dejaré desamparados…” El Espíritu de Jesús tal como soplaba en aquella primera comunidad, sigue soplando hoy día. Los seguidores de Jesús, desde la fe, seguimos sintiendo su presencia.

Esta Buena Noticia es, ante todo, una experiencia personal, vivida en comunidad, y es la raíz de nuestra relación con Dios, la fuente de nuestra vida cristiana (y de nuestra vida de oración).  No pocas veces nos conformamos con situar nuestra religiosidad en el conocimiento y contenidos del catecismo, el cumplimiento de los deberes, la moralidad de las acciones y similares.  Pero, la invitación fundamental de Jesús es el de acudir a Dios desde dentro de nosotros, desde lo más profundo de nuestra persona, desde donde no llega nadie, ni la persona más querida. Desde ese fondo de nuestra persona es que estamos invitados a llegar a Dios.

Desde ahí, puedo llamar a Dios “papá”, y nos atrevemos a rezar el Padre Nuestro.  Es ahí donde recibimos la fuerza y el coraje de vivir. Ahí nos sentimos queridos por el Padre. Desde ahí, lograremos sentir y entender lo que significa que “…yo estoy en el Padre, y ustedes en mí y yo en ustedes”.

El segundo mensaje es sobre el Amor. La relación con Dios y con los seres humanos basada en el amor: Dios es el Padre, y le podemos amar, porque nos ama; y porque nos ama, podemos amarnos como hermanos. Este es el corazón de la Buena Noticia.

El lema con el que se identifica el ignaciano es “En todo amar y servir”.  Ignacio de Loyola posee una propuesta de en qué consiste el amor y lo resume en dos puntos. Primero, “…el amor se debe poner más en las obras que en las palabras”. Segundo, “…el amor consiste en comunicación de las dos partes, es a saber, en dar y comunicar el amante al amado lo que tiene o de lo que tiene o puede, y así, por el contrario, el amado al amante…”.  La experiencia de Dios termina en el servicio, entendido como la prosecución de la obra de Dios en el mundo, como prolongación de las manos creadoras de Dios en la historia.

Ignacio nos presenta a un Dios que se encuentra presente y activo en toda la creación y en la historia. Un Dios que se me ofrece y se me da en mi vida personal; que habita en todo lo creado dando vida; que trabaja por mí en todas las cosas creadas; y del que procede toda bondad, belleza y justicia.   Dios se entrega a sí mismo en el Amor, en el don del ser y de la vida, de tal modo que podemos contemplarlo actuando en el corazón del mundo y de la historia. La creación y la vida son llamada y lugar de encuentro entre Dios y el hombre, pues nada hay profano y ajeno a Dios para quien ama y se siente amado. Todas las cosas nos hablan de Dios, son lenguaje de Dios.

El lema “en todo amar y servir” nos remite siempre a este contexto de fe que no puede faltar en la vida del ignaciano. Un uso y comprensión del lema ajena a este contexto, lo vacía de sentido, y se convierte en eslogan engreído. El ignaciano es la persona que tiene como reto cultivar una fe profunda en un Dios siempre presente, siempre cercano, con el que quiere irse construyendo como persona y con el que quiere ir caminando en la vida para hacer realidad una sociedad más humana, fraterna y justa. Y, en definitiva, la fe en un Dios al que quiere responder en el servicio con un corazón agradecido.

Tarea para la Semana

  1. Lean despacio y viendo el sentido de cada  una de las lecturas que  se  han presentado hoy (He 8, 5-8. 14-17; 1Pe 3, 15-18; Jn 14,15-21) y terminen con la oración del Salmo 65.
  2. Reflexionen en qué medida el lema “en todo amar y servir” está presente en sus vidas y es un criterio que guía las decisiones de sus vidas.
  3. “Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me lo distes; a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta”.

DEL EVANGELIO DE JUAN (14,15-21)

Dijo Jesús a sus discípulos:  – Si me aman, guardarán mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que les dé otro Consolador, que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes en cambio lo conocen, porque vive con ustedes y está con ustedes.  No los dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero ustedes me verán, y vivirán, porque yo sigo viviendo. Entonces sabrán que yo estoy con mi Padre, ustedes conmigo, y yo con ustedes. El que acepta mis mandamientos y  los guarda, ése me ama; al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.

O R A C I Ó N   –     Texto, adaptado de la primera carta de Juan, cp. 4

Queridos, amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios;

todo el que ama es hijo de Dios y conoce a Dios.  Quien no ama no ha conocido a Dios, ya que Dios es amor.

Dios ha demostrado el amor que nos tiene enviando al mundo a su hijo único para que vivamos gracias a él.  En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios 

sino en que él nos amó y envió a su hijo para salvarnos de nuestros pecados.    

Queridos, si Dios nos ha amado así, también nosotros debemos amarnos unos a otros.

A Dios nunca le ha visto nadie; si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros.

Nosotros hemos conocido y hemos creído en el amor que Dios nos tiene.

El amor llegará a nosotros a su perfección  si somos en el mundo lo que él fue.

Nosotros amamos porque él nos amó antes.

Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, miente  pues si no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve.

Y el mandato que nos dio es que quien ama a Dios ame también a su hermano.

Domingo, 10 – 5 – 20 5° Pascua

(Textos: He 6,1-7; 1Pe, 2, 4-9; Jn 14, 1-12)

Este domingo celebramos el Día de la Madre en toda Venezuela. Día tradicional, cargado de hondos sentimientos personales. Es un día de sentirse agradecido por la vida recibida, por el cariño con el que nos han acompañado nuestras madres, y que nos han hecho ser, en buena medida, lo que somos. Este es un momento de país donde, también, muchas madres están angustiadas por la suerte de sus hijos emigrados, en peligro, muertos o presos; madres con mucho dolor y mucho coraje para seguir luchando por una vida digna para sus hijos. Por el amor que han puesto nuestras madres en nosotros, se merecen y nos merecemos este alto para hacernos conscientes de hacia dónde se dirige nuestra vida, cuáles son las motivaciones que nos guían, los valores que nos sustentan. Otra razón más para detenernos y reposar en una escucha y mirada atenta a nuestros sentimientos y a los valores que nos fundamentan.

En este tiempo de Pascua, seguimos profundizando quién es ese Jesús que es nuestra resurrección y nuestra vida. Vimos cómo Jesús se autodefinía como “yo soy la puerta”. En el evangelio de hoy nos dice que es “el camino, la verdad y la vida”.  No creemos en otros dioses sino en el Dios que se manifiesta en la persona y vida de Jesús, que se ha hecho visible en Jesús.

Si recorremos los relatos del Evangelio, vemos cómo es el Dios que se manifiesta en Jesús.  Aparece solidario con los pobres, obediente al Espíritu, anuncia la buena noticia de salvación para todos las gentes, libera de demonios y devuelve la dignidad a las personas, ora de madrugada en un lugar solitario, toca y sana a leprosos, perdona pecados, comparte la mesa con pecadores, rompe con la ley del sábado para rescatar las vidas de las personas, se enfrenta con los poderes constituidos para curar, llama a sus discípulos para formarlos y enviarlos en misión, antepone la misión del reino a los vínculos familiares, calma tempestades, resucita muertos, se compadece y da de comer aunque él no tiene tiempo ni para comer, llora por la muerte del amigo y por el dolor de la familia, rompe tradiciones, amigo de los pequeños y débiles, cura toda clase de enfermedades, se enfrenta a las autoridades subiendo a Jerusalén, se mantiene fiel a la misión  encomendada por el Padre hasta la muerte, muere solo y abandonado por los suyos, pero el Padre lo resucita. Nuestro reto como cristianos es creer que Dios es así, tal como nos lo manifiesta Jesús en su persona y en su vida.

El Evangelio nos presenta dos diálogos que nos ayudan a entender este punto. El primero con Tomás que le pregunta: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? Jesús le contesta: “Yo soy camino, verdad y vida. Nadie va al Padre si no es por mí. Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Desde ahora, ya lo conocen y lo han visto”.

Que Jesús sea“el camino, la verdad y la vida”, significa que Él es el sentido más profundo de nuestra existencia y la alegría que anhela el corazón humano. No hay otro camino a Dios que no sea Jesús mismo.  “Yo soy el camino, la verdad y la vida” significa que él nos invita a reproducir hoy su estilo de vida y su manera de ser: ponerse en el lugar del otro como se ponía él; despertar en las personas la fe, la confianza en Dios; a amar como amaba él; y a seguir sus huellas para caminar hacia el Padre

El segundo diálogo con Felipe: “Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes ¿y todavía no me conocen?” Puede que resuenen en nosotros el reclamo de Jesús a sus discípulos.  Después de tanto tiempo como seguidores de Jesús, ¿creemos en el Dios que se manifiesta en Jesús o nos mantenemos aferrados a la creencia en nuestras imágenes de Dios, acomodadas y fabricadas a nuestra medida?

Probablemente, tengamos que mudar nuestras imágenes de Dios, adquiridas en los supermercados espirituales, por ésta otra sencilla: Jesús es la imagen única de Dios. “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. Las palabras que les digo son las palabras del Padre, las obras que yo hago son las obras del Padre. Si no conocemos al Padre se debe a que no conocemos a Jesús. Por eso afirmamos creer en el Dios que se manifiesta en Jesús. Creemos que no hay más Dios que Él, y en Jesús lo hemos podido ver.  

Este es el mensaje, la Buena Noticia, del Evangelio de hoy. Por ello, nos debe de llenar de alegría que tengamos un Dios que en Jesús se ha hecho presente entre nosotros.

TAREA PARA LA SEMANA:

1.  Contemplación.  Releer, muy lentamente, el relato del evangelio de hoy; escuchar las palabras de Jesús y dejar que resuenen en el corazón.

2.  Repasar, con nueva mirada, en qué medida Jesús es “el camino, la verdad y la vida” para mi vida.

DEL EVANGELIO DE JUAN. (14, 1-22)

Dijo Jesús a sus discípulos: – No pierdan la calma; crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre, hay muchas estancias. Si no, se lo habría dicho. Me voy a prepararles el sitio. Cuando vaya y les prepare el sitio, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo estoy, allí estén también ustedes. Y adonde yo voy, ya saben el camino. Tomás le dice: – Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? Jesús le responde: – Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocieran a mí, conocerían también al Padre. Ahora ya lo conocen y lo han visto. Felipe le dice: – Señor, muéstranos al padre y nos basta. Jesús le replica: – Hace tanto que estoy con ustedes, y ¿no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí, ha visto al padre. ¿Cómo dices tú “muéstranos al Padre?”. ¿No crees que yo estoy en el padre y el Padre en mí?  Lo que yo les digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Créanme, yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, crean a las obras. Les aseguro, el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores porque yo me voy al padre.

S A L M O   4 0

En Dios pongo mi esperanza. – El se inclina hacia mí y escucha mi oración. – El salva mi vida de la oscuridad,  afirma mis pies sobre roca – y asegura mis pasos.  –  Dichoso el que pone en Dios su confianza. No quieres sacrificios ni oblaciones – pero me has abierto los ojos, – no exiges cultos ni holocaustos, y yo te digo : aquí me tienes, – para hacer, Señor, tu voluntad.

Tú, Señor, haznos sentir tu cariño, – que tu amor y tu verdad nos guarden siempre.

Porque nuestros errores recaen sobre nosotros – y no nos dejan ver.

¡Socórrenos, Señor, ven en nuestra ayuda! – Que sientan tu alegría los que te buscan.

Somos pobres, Señor, socórrenos, – Tú, nuestro Salvador, nuestro Dios, no tardes tanto.

«Haced esto en memoria mía».

Compartid el pan,
el vino y la palabra.
Cuando el fracaso
parezca desmembrarlo todo,
cada persona, cada grupo,
como cuatro caballos al galope tirando del vencido
hacia los cuatro puntos cardinales.
Cuando el hastío
vaya plegando cada vida aislada sobre sí misma,
contra su propio rincón, pegadas las espaldas
contra muros enmohecidos.
Cuando el rodar de los días
arrastrando confusión, estrépito y consignas,
impida escuchar
el susurro de la ternura
y el pasar de la caricia.

Cuando la dicha
te encuentre
y quiera trancar tu puerta
sobre ti mismo,
como se cierra en secreto una caja fuerte.
Cuando estalle
la fiesta común
porque cayó una reja
que apresaba la aurora.
Amanece más justicia,
y la solidaridad crece,
reuníos y escuchad,
compartid el pan, compartid el vino,
dejad brotar la dicha común y sustancial,
el futuro escondido
en este recuerdo mío
inagotablemente vivo.  Benjamín G. Buelta sj

Domingo, 3-5-20, 4° Resurrección

(Textos: He 2, 14. 36-41; 1Pe, 2, 20-25; Jn 10, 1-10)

En este tiempo de Pascua de Resurrección es importante que tomemos conciencia de la presencia viva de Jesús resucitado. En las homilías anteriores, nos hemos preguntado sobre qué experiencias han marcado nuestra vida por el hecho de la Resurrección de Jesús y, también, sobre dónde se realizan los encuentros con el Resucitado, especialmente, los que suceden en el camino ordinario de nuestras vidas.

Hoy nos preguntamos sobre quién es ese Jesús que es nuestra resurrección y nuestra vida. En el evangelio de hoy se encuentra una autodefinición que es muy significativa: “…yo soy la puerta…”

“Yo soy la puerta”. La puerta es para pasar por ella, para entrar y salir. Si no se pasa por Jesús, no entramos al Reino del Padre, el de la verdad, el de la vida, el del amor. Jesús lo explica en tres rasgos: “quien entre por mí se salvará”, “podrá entrar y salir”, “encontrará pastos”. Así es Jesús. Una puerta abierta. Quien le sigue, cruza un umbral que conduce a un mundo nuevo: una manera nueva de entender y vivir la vida.

En las múltiples puertas que presenta nuestro mundo, es necesario el discernimiento cristiano para saber cuál puerta es la de Jesús. Hay puertas verdaderas, sencillas, transparentes, que invitan a la generosidad y a la gratuidad. Puertas como la del carpintero de Nazaret, solidarias y llenas de compromiso y de vida.

Pero, también, se ofrecen puertas falsas, deslumbrantes, doradas y brillantes, que atraen y magnetizan; con mensajeros que ofrecen puertas de ofertas espirituales llenas de efímeras promesas, insolidarias y que llevan a la muerte. El relato los señala como “ladrones y bandidos” que no entran por la “puerta” sino que saltan por otro lado para robar, pero las ovejas del pastor no los escuchan, ni los siguen, pues no reconocen su voz.

En el relato, hay una bella descripción del “pastor de las ovejas”. Éste entra por la puerta, pues el que cuida le abre; las ovejas reconocen su voz; él llama a cada una por su nombre; las conduce afuera a buscar frescos pastos; camina delante de ellas; y ellas lo siguen, porque reconocen su voz.

Para conocer a Dios no tenemos otra imagen sino la de Jesús. Él es la verdadera y única imagen de Dios. Para llegar a Dios, no tenemos otra entrada sino la de Jesús. El es la puerta para acceder a Dios.

Lo más importante que tenemos los cristianos es la persona de Jesús, pues en Él, en su vida, nos encontramos con Dios. El cristiano encuentra su identidad, sabemos quiénes somos, mirándole a Él. No tenemos otra puerta de entrada sino la persona de Jesús. Él es la única imagen que nos da identidad como cristianos y nos une como comunidad, como Iglesia.

La manera y el camino que tenemos los cristianos de acceder a la persona de Jesús es buscándolo en su vida, en los relatos del Evangelio. La lectura del evangelio, a modo de contemplación, tiene como finalidad: conocer a Jesús; mirar al mundo y a la gente como Él miraba; amar al mundo como Él lo hacía, para pasar por la vida haciendo el bien.

Si buscamos a Jesús en su vida, en los Evangelios, Él nos buscará en nuestras vidas. Él se hará presente en nuestro camino. Lo encontraremos como compañero de nuestro propio camino, como el desconocido que nos va abriendo los ojos y que hace arder nuestro corazón.

Así se presenta Jesús, la imagen única de Dios Padre.  Dejémonos impresionar por esta imagen y que se grabe y esculpa en el fondo de nuestro ser. Sintamos el orgullo y la alegría de ser hijos de tal Padre. Por ello, repitamos como el P. Hurtado (San Alberto Hurtado), una y otra vez, “Contento, Señor, contento”.  Esta puede ser la expresión de lo que sentimos muy dentro de nuestro corazón de hijos.

Confío en que el espacio que generemos en nuestras agitadas vidas, hoy día en cuarentena, la serena reflexión del momento que vivimos, la vivencia de nuestra condición de hijos y la llamada personal al seguimiento de Jesús, nos ayuden a tomar con renovada fe y firme esperanza el camino al que estamos invitados por el Buen Pastor.  El relato de hoy termina así: “Yo he venido a que tengan vida y la tengan en abundancia”.

TAREA PARA LA SEMANA:

1.  Contemplación.  Releer, muy lentamente, el relato del evangelio de hoy; escuchar las palabras de Jesús y dejar que resuenen en mi corazón.

2.  Repasar, con nueva mirada,  las puertas  de mi vida,…

3.  Repetir las estrofas del Salmo 22: “El Señor es mi pastor…”

EVANGELIO DE JUAN (10: 1-16) Dijo Jesús a los fariseos: – Les aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda y las ovejas atienden su voz, y él va llamando por su nombre a las ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz; a un extraño no le seguirán, porque no conocen la voz de los extraños. Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: – Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos, pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará, y podrá entrar y salir y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida, y la tengan abundante.

EL SEÑOR ES MI PASTOR

El Señor es mi pastor,

nada me falta;

en verdes praderas me hace recostar,

me conduce hacia fuentes tranquilas

y repara mis fuerzas.

Me guía por el sendero justo

por el honor de su nombre.

Aunque camine por cañadas oscuras

nada temo, porque tú vas conmigo;

tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí

enfrente de mis enemigos;

me unges la cabeza con perfume

y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan

todos los días de mi vida,

y habitaré en la casa del Señor

por años sin término.

DOMINGO, 26-4-20 III DE PASCUA/A

Textos: He 2, 14.22-23; 1Pe 1, 17-21; Lc 24, 13-35

En el evangelio vemos a esos dos discípulos que huyen de Jerusalén. Van frustrados, conversando sobre lo que les ha acontecido, perdida la esperanza, derrotados.  Jesús se les acerca y comienza a caminar con ellos. En la conversación, Jesús les va iluminando, abriéndoles la mente y el corazón. Los discípulos pasan de la frustración inicial, del “nosotros esperábamos que él sería el liberador de Israel”, al “¡con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras”.  En el encuentro reconocen al Señor al partir y al dar el pan.  Desde ese momento, todo cambia para los dos discípulos. Pierden el miedo y regresan inmediatamente a Jerusalén a comunicar la noticia a los otros discípulos. Los encuentran reunidos, y compartiendo la aparición de Jesús a Pedro. Jesús va reuniendo a sus discípulos y fortaleciendo su fe para la proclamación del Reino de Dios, que quiere un mundo más humano, mundo de justicia y de paz.  A esta misión estamos llamados.

Para construir la paz en Venezuela se requiere activar la capacidad de perdón, superar actitudes revanchistas, curar profundas heridas que desatan a los diablos que llevamos dentro. Resulta imposible perdonar si previamente no hemos experimentado ser perdonados. Esa experiencia de recibir perdón de nuestras acciones y omisiones capacita para poder perdonar. Sobre esta roca firme del perdón se podrá construir la convivencia en la que todos seamos reconocidos e incluidos.

Para construir la paz necesitamos recuperar la esperanza. Los discípulos de Emaús pasaron de un total derrotismo, a una viva esperanza. Y sus corazones comenzaron a arder. El proceso de construcción de Venezuela va a requerir dosis extraordinarias de esperanza, que no nos rindamos ante las dificultades ni contradicciones, ante tantas maldades que van apareciendo a lo largo del camino. Esperanza que empape la cotidianidad de nuestras vidas y de nuestros proyectos. Esperanza que canalice la indignación por tantas situaciones deshumanizadoras y movilice las energías positivas de bondad que llevamos en nuestros corazones.

La construcción de la Paz en Venezuela tiene que estar acompañada por la alegría cristiana.Esta alegría es fruto de una presencia del Señor en el fondo del alma y en medio de la vida. Una presencia que disipa el temor, dilata nuestras fuerzas, nos hace aceptar con serenidad nuestras limitaciones, nos hace vivir ante la presencia del Dios de la vida.  Esta alegría no se vive de espaldas al sufrimiento del mundo, a lo que pasa a nuestro rededor. Se es consciente del dolor que golpea a tantas familias; del sufrimiento por muertes que claman al cielo, por la carencia de alimentos y medios de salud, por la represión perversa, por encarcelamientos y vejaciones contra la dignidad humana. El cristiano tiene que reconocer en esto la experiencia del Crucificado que se solidariza con todas las víctimas, y con la esperanza del Resucitado que quiere la vida de todos. Esta alegría sólo es posible cuando, en las situaciones de un mundo quebrado y de tanto dolor, uno percibe y presencia el amor y la ternura sin límites de   Dios que ha resucitado a Jesús de la muerte. En medio de tanta amenaza e incertidumbre, no nos dejemos arrebatar la alegría y la esperanza.

Que el Resucitado nos dé la fuerza  de dar la vida, de sembrarnos y de gastarnos en fidelidad, de ser repartidos como pan y derramados como vino, para la proclamación y la construcción de un mundo donde todos nos reconozcamos y tengamos cabida en la misma mesa. Este es el signo máximo de la Paz.

TAREA.

  1. Contemplación.  Releer, muy lentamente, el relato de Emaús, reconstruyendo con la imaginación el hecho y la situación. Dejarse llenar de la alegría por la resurrección. Alegrarse con Jesús resucitado. Alegrarse por El.
  2.  Repasar las cruces de mi vida y aceptarlas a la luz de la resurrección. Recibir de corazón la Palabra de Jesús. Aceptar las cruces de mi vida por la esperanza de la Resurrección.
  3. Examen.  ¿Cómo se manifiesta la Resurrección del Señor en nosotros? ¿Estamos movidos por la esperanza? ¿Alimentamos la capacidad de encuentro con los diferentes? ¿Estamos dispuestos a perdonar y a recibir perdón? ¿Le damos sentido pleno a encontrarnos en el compartir el pan, a reunirnos en la misma mesa?

DEL EVANGELIO DE LUCAS. (24; 13-35)

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén. Iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. El les dijo: – ¿Qué conversación es esa que traen mientras van de camino?

Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: – ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días? Él les preguntó: – ¿Qué? –  Ellos le contestaron: – Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves, hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro y no encontraron el cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Pero a él no le vieron. Entonces Jesús les dijo: – ¡Qué necios y torpes son para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. Ya cerca de la aldea a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante, pero ellos le apremiaron diciendo: – Quédate con nosotros, porque atardece y el día va ya de caída. Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: – ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?  Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde se encontraban reunidos los once con sus compañeros, que estaban diciendo: – ¡Era verdad! ¡Ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón!  Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino, y cómo lo habían reconocido al partir el pan.


SALMO 16

Guárdame, Señor, que me refugio en Ti.

Decid al Señor: “Tú eres mi Dios,

Tu eres mi Bien y no deseo otro”

Me tientan los ídolos del mundo

pero mi herencia eres Tú, Señor.

Eres Tu quien garantiza mi suerte

Eres Tú mi herencia y mi riqueza.

Yo bendigo al Señor, mi consejero

y lo tengo presente sin descanso.

El Señor a mi diestra. El es mi guía.

Así encuentra mi espíritu la paz

mi corazón reposa seguro

porque Tú no abandonas mi vida.

Tú me enseñas el camino de la vida

y encuentro ante tu rostro

la plenitud de vida y de alegría.

El relato de los discípulos

Íbamos de camino. Tristes, derrotados. La memoria alternaba entre la nostalgia y la tristeza. Pensábamos en los días radiantes, en los años pasados en los caminos con Jesús, en sus palabras, ahora muertas… y sacudíamos la cabeza, apenados. Se nos ponía un nudo en la garganta y teníamos que guardar silencio durante un rato. Ya nada. Entonces se nos juntó un compañero de camino, más alegre, más esperanzado, y dijo que no sabía nada de todo aquello. Le miramos sorprendidos: “¿eres tú el único que no se ha enterado?” Y él se rio, y dijo: “quizás sois vosotros los que no termináis de enteraros”. Y nos contó nuestra historia. Donde veíamos nostalgia, él veía esperanza. Donde veíamos conflicto, él veía profecía. Donde veíamos derrota, él veía amor. Y donde veíamos rendición, él cantaba victoria. No le dejamos seguir de largo, al llegar a casa. Le invitamos a cenar y pasar la noche con nosotros. Lo hacíamos por él, pero también por nosotros, que sentíamos algo así como una chispa de ilusión nueva. Entonces, al empezar a comer, partió el pan. Como en la cena de Jerusalén. Y nos lo dio con idéntica ternura. Y nos dimos cuenta de que era verdad. Ardía el corazón, y le vimos. Era distinto, pero era él mismo. Y después, ya no estaba. Pero seguía, con nosotros, para siempre.

(Rezandovoy)

En medio de tantos motivos para desanimarse, de numerosos profetas de destrucción y de condena, de tantas voces negativas y desesperadas, sed una fuerza positiva, sed la luz y la sal de esta sociedad, la locomotora que empuja el tren hacia adelante, llevándolo hacia la meta, sed sembradores de esperanza, constructores de puentes y artífices de diálogo y de concordia.

Domingo, 29-3-20 V /Cuaresma.

Domingo, 29-3-20 V /Cuaresma.   Textos: Ez 37, 12-14; Rm 8,8-11; Jn 11, 1-41

Estamos celebrando la eucaristía en medio de una epidemia global que nos mantiene encerrados en nuestras casas. Nos sentimos recortados en la comunicación y contacto presencial, lo que produce en nosotros una cuota importante de soledad que estamos llamados a enfrentar y asumir creativamente. Surgen en nosotros sentimientos fuertes y diversos de incertidumbre y de oscuros miedos. Las redes sociales y los medios de comunicación nos desbordan con infinidad de informaciones, que terminan por desinformarnos, generando una sensación de desasosiego y asfixia. Esta eucaristía nos puede ayudar a encontrar el espacio de paz y de cordura que necesitamos.

Ordenemos las escenas del evangelio. La primera presenta la situación del anuncio de la enfermedad de Lázaro; el retardo en responder a la llamada de las hermanas; y termina con la decisión de enfrentar la subida a Jerusalén, su destino, Lo que resalta es la fidelidad a su misión de dar vida, su cariño, su hacer las obras del Padre. La decisión de enfrentar la amenaza a su vida, “Vayamos otra vez a Judea”.

La segunda, ya en Betania, las conversaciones con las dos hermanas. En ellas se manifiesta la humanidad de Jesús, su interioridad, pues se conmueve hasta lo más hondo y se pone a llorar por la muerte de su amigo Lázaro, al que amaba profundamente.  Aparece la relación de Jesús con el Padre en la oración, y en la confianza de que es escuchado. Termina con la salida de Lázaro de la tumba con pies y manos atadas, pero vivo.

La tercera presenta el contraste entre la fe de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, testigos de la resurrección, y la de las autoridades judías que toman la decisión de dar muerte a Jesús. Para Jesús el don de dar vida es causa de su muerte.  Por la resurrección de Lázaro unos creerán en él y otros decidirán definitivamente su muerte.

¿A qué nos invita el Señor en este evangelio? A que nos atrevamos a vivir esa Vida que nos está ofreciendo; a que salgamos de nuestros sepulcros, donde estamos encerrados y atados de pies y manos. Hagamos el listado de nuestros sepulcros: corazón egoísta replegado sobre sí mismo; desengaños que nos llevan a retirar la confianza; desesperanzas con horizontes de vida cerrados; desamores con corazones destrozados…  No seamos sordos y escuchemos el grito: “¡Sal afuera!” Salir de nosotros mismos, de pensar sólo en uno, de vendarnos constantemente para quedarnos paralizados. Salgamos a preocuparnos por otros, excluidos y en necesidad, a nuestro alrededor, en la familia, en el país, … Esa es la vida que vive Jesús.

Desgraciadamente, son muchos los que se dedican a llenar de muertos los sepulcros: en la violencia en nuestro país, con los números rojos de las estadísticas que esconden rostros y familias concretas; en nuestras cárceles, con su hacinamiento de depósitos humanos olvidados por los responsables directos y la sociedad entera; en la tragedia de la pandemia que nos encierra y aísla en las casas, y en el creciente número de contagios y fallecimientos. Pero gracias al pozo de bondad que nos da Dios, son muchos más los que ponen su vida en servicio y riesgo para que otros tengan vida: médicos, enfermeras, trabajadores del aseo, los que están en la cadena de alimentación, … todos los servidores públicos… Nada de esto nos debe ser ajeno.  

Este evangelio nos dice que es posible resucitar, que ése es precisamente el proyecto de Jesús. La resurrección ya ha empezado, puesto que el amor es lo único que no muere, es la vida definitiva. Además, es posible ayudar a resucitar, a desatar vendas, para que muchos que están muertos puedan comenzar a andar.

El evangelio nos invita a asumir la misión que nos confía Jesús, a comprometernos a vivir como él vivió, como “resurrección y vida”, ayudándole en su misión resucitadora. Como portadores de esperanza, creemos firmemente que el mundo puede ser curado. Nada ni nadie para el Señor está definitivamente perdido. Todos podemos volver a la vida de nuevo. Para ello, es necesario no solamente dedicarse a amar, sino a enseñar a amar.   Este es el proyecto de vida del cristiano: si el amor es precisamente la Vida, lo único que no muere, no hay otra tarea más apasionante que amar de verdad. “El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”.

Como resumen:

  1.  Ante un mismo acontecimiento de la resurrección de Lázaro, unos creen en Jesús como  Señor, y otros lo rechazan y preparan su muerte. El evangelio es un llamado a liberar nuestra libertad para optar por  caminos de vida. Quitémonos las vendas que nos impiden caminar.
  1. En esta escena, se nos presenta Jesús en toda su humanidad. Vemos a Jesús llorando por la muerte de su amigo y por el dolor de la familia. Creamos en la humanidad de Jesús; que se ha hecho uno de nosotros, el Dios con nosotros.
  1. El modo de orar de Jesús. La oración al Padre: “Jesús levantando los ojos, dijo: – Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú  me escuchas siempre, pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Oración es reconocer que Dios está presente en todo momento y lugar; es agradecer su cercanía, que quiere estar en comunicación con nosotros; es presentar sencillamente nuestras necesidades y dejarlas en sus manos.

TAREA PARA NUESTRA ORACIÓN (Galarreta)

1.- Repitamos las palabras del evangelio.  Es un buen ejercicio de oración recitarlas pausadamente:

  • “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”
  • “Vayamos  también nosotros, para  morir con él” (versión larga)
  • “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”
  • “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”
  • “Ya vino el Maestro y te llama” (versión larga)
  • “De veras ¡cuánto le amaba!”
  • “Padre, te doy gracias porque me has escuchado.
  • “Yo ya sabía que tú siempre me escuchas”
  • Añada otras…

2.- ¿Mi vida es un camino de resurrección, o es un camino de muerte?. Encender en los corazones la luz de esperanza que nos brinda de Jesús. Hay sectores de mi vida, ramas de mi árbol, que están muertos, no son para la vida eterna. Presentarlos sencillamente ante Dios. Quizá no tenemos ni intención de cambiarlos. Reconocerlo ante Dios. Pedirle que los riegue con el agua de la Vida, que reverdezcan, que den fruto.

DEL EVANGELIO DE JUAN  (11, 1-45)

Un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. (María era la que ungió al Señor con perfumes y le enjugó los pies con su cabellera: el enfermo era su hermano Lázaro). Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo: – Señor, tu amigo está enfermo. Jesús, al oírlo, dijo: – Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. Jesús amaba a Marta, a su hermana María y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos: – Vamos otra vez a Judea. Los discípulos le replican: – Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, y ¿vas a volver allá?

Jesús contestó: – ¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz. Dicho esto, añadió: – Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo. Entonces le dijeron sus discípulos: – Señor, si duerme, se salvará. (Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural). Entonces Jesús les replicó claramente: – Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa. Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: – Vamos también nosotros y muramos con él. Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. (Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y María, para darles el pésame por su hermano) Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: – Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun así sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.  Jesús le dijo: – Tu hermano resucitará. Marta respondió: – Sé que resucitará en la resurrección del último día. Jesús le dice: – Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto? – Ella le contestó: Sí, Señor, yo creo que tu eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo. Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: – El Maestro está ahí y te llama. Apenas lo oyó, se levantó y salió a donde estaba él, porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos, que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María a donde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: – Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano. Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y, muy conmovido, preguntó:- ¿Dónde lo han enterrado? Le contestaron: – Señor, ven a verlo. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: – ¡Cómo le quería! Pero algunos dijeron: – Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera ése?  Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa). Dijo Jesús: – Quiten la losa. Marta, la hermana del muerto, le dijo: – Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días. Jesús le dijo: – ¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos, dijo: – Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre, pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado. Y dicho esto gritó con voz potente: – Lázaro, ven afuera. El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: – Desátenle y déjenle andar. Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.


Reza, cree y llora

Rezo saliendo al encuentro del Señor.
Creo y confío en su promesa de amor.
Pido lágrimas ante el dolor ajeno,
lágrimas que me impulsen a consolar,
a aliviar la carga de los demás,
a luchar contra las injusticias.


ORACIÓN DE DESPEDIDA

Bendito seas mi Dios, mi aire,

que estás ahí, tan cierto como el aire que respiro.

Bendito seas, mi Dios, mi viento,

que me animas, me empujas, me diriges.

Bendito seas, mi Dios, mi agua, esencia de mi cuerpo y de mi espíritu,

que haces mi vida más limpia, más fresca, más fecunda.

Bendito seas, mi Dios, mi médico, siempre cerca de mí,

más cerca cuanto me siento más enfermo.

Bendito seas, mi Dios, mi pastor,

que me buscas buenos y frescos pastos,

que me guías por las cañadas oscuras,

que vienes a por mí cuando estoy perdido en la oscuridad.

Bendito seas, mi Dios, mi madre,

que me quieres como soy, 

que por mí eres capaz de dar la vida, 

mi refugio, mi seguridad, mi confianza. –

Bendito seas, Dios, bendito seas.

Levántate y anda

Levántate y anda, cuando no encuentres horizonte,

porque siempre hay un camino que recorrer,

y no hay razón para dejar de intentarlo.

Levántate y anda, aunque te rodeen las sombras.

La luz se abre paso por resquicios insospechados,

y al iluminar la realidad la llena de posibilidades

.

Levántate y anda, aunque te opriman las vendas.

Puedes quitarte muchos estorbos que te impiden avanzar,

y avanzarás más liviano, más libre, más alegre.

Levántate y anda, aunque te sientas sin fuerzas.

Es Dios el que te impulsa, quien te lleva de la mano,

quien te llena de espíritu.

Deja atrás las sombras y tumbas, los silencios y miedos,

las parálisis y vendas que te aíslan y entristecen.

Deja atrás las pequeñas muertes que adulteran la vida.Vamos, Lázaro, levántate y anda.   José Mª Rodríguez Olaizola, SJ

Domingo 22-03-20 4° de Cuaresma/A

Textos: 1Sam 16,1.6-7. 10-13; Ef 5, 8-14; Jn 9, 1-41

Estamos en el Cuarto Domingo de Cuaresma. El Evangelio de hoy nos va a hablar de Jesús como “luz” que nos muestra el camino y el sentido de nuestra vida.  Las palabras de Jesús, “Yo soy la luz del mundo”, marcan el mensaje del evangelio de hoy. 

El evangelio relata lo que aconteció a un ciego de nacimiento en su encuentro con Jesús. Vecinos que no terminan de creer lo que están viendo. Fariseos que se ciegan porque lo que ha sucedido no cuadra con su forma de entender la acción de Dios. Familia con miedo de las represalias de las autoridades religiosas. Ciego que se siente con una nueva vida, pero que es rechazado y expulsado del espacio religioso, pero que va cobrando una nueva luz en su vida, hasta llegar a confesar su fe en Jesús como Señor. Jesús que busca al rechazado por las autoridades religiosa para acogerlo y afirmarlo en su dignidad. Con Jesús hay vida, esperanza y alegría. 

Lo dramático del mensaje es que los que rechazan la luz no son los malos, los pecadores y perversos, sino los buenos y justos, las personas religiosas: “vino a los suyos y los suyos no le recibieron”. Todo porque no daba cumplimiento a sus expectativas mesiánicas de liberación política, y porque Jesús no les convenía a sus intereses. El ciego recobro la vista del cuerpo y del alma, mientras los que decían que veían se quedaron ciegos. Hay diversas formas de quedarse ciego en la vida:

  • La primera forma de permanecer ciego es estar siempre ocupado por las cosas inmediatas, las urgentes y prácticas, sin preguntase qué es de mí, qué voy a hacer con mi vida. De modo que no veo mi entorno, me cierro a ver las injusticias y las exclusiones sociales que me rodean.
  • La segunda es vivir programado desde fuera. Otros piensan por mí, como la publicidad, la moda, los gustos aceptables, los pensamientos correctos. Y yo me dejo llevar, impidiendo que aflore en mí la compasión, lo más humano de mi persona.
  • La tercera, es vivir en la espuma de la vida, en la superficie. Vivir haciendo lo que me apetece, sin ningún cuestionamiento…. eludiendo siempre esa voz interior que me recuerda mi dignidad de persona responsable, mis compromisos familiares, profesionales y ciudadanos.
  • Una cuarta manera es fabricar una mentira de nuestra vida e instalarnos en ella; siempre en el engaño. No dejarnos nunca interpelar para evitar plantearnos un cambio. Ver sólo lo que nos interesa ver, no ponernos en frente de la luz.

Probablemente el mejor modo de vivir ciegos es mentirnos a nosotros mismos. Fabricarnos una personalidad falsa, instalarnos en ella y vivir el resto de nuestra vida de manera falsa y engañosa. En definitiva, cerrar los ojos y «autocegarnos» para no ver. Ver sólo lo que queremos ver, utilizar una medida diferente para juzgar a otros y para juzgarnos a nosotros mismos, no enfrentarnos a la luz. Así, son otros los que deciden y fabrican mi vida. Yo me dejo llevar ciegamente.

Jesús ha venido para que los ciegos vean y los que creen ver queden ciegos… El juicio por la luz consiste en que los que se abren a ella, se les permite ver más allá. Pero se hace oscuridad para los que creyendo tener toda la verdad se cierran a ella. “…como dicen que ven, siguen en su pecado”.

En la Cuaresma, la Iglesia llama a la conversión. Para ello, necesitamos ser humildes, reconociendo nuestra verdad, para acoger la luz que es Jesús como el enviado, el Hijo, de Dios. Descubramos qué es lo que impide convertirnos de verdad, en nuestras actitudes, en nuestras relaciones, en nuestra vida toda. Pidamos caminar por la vida como hijos de la luz.

TAREA:

  1. Examen. ¿En qué espacios de nuestra vida abunda la oscuridad? ¿Cuáles son mis resistencias para aceptar la luz del evangelio, que es una buena noticia de verdad, de justicia, de paz y de amor? ¿Qué luz arroja este evangelio para lo que estamos viviendo hoy en Venezuela? ¿En qué medida soy luz para los que me rodean? ¿Soy luz que ayuda a ver a los demás? 
  2. Contemplación: Leamos el relato, muy despacio, saboreando cada detalle. Primero, leámoslo desde el que nos cuenta la escena. Leamos también desde lo que vivió el ciego de nacimiento, siguiendo ese relato imaginativo. Renovemos nuestra fe en Jesús como luz de nuestra vida, con confianza y disponibilidad para servir a los hermanos. Ver a Jesús Salvador. Contemplar en Jesús el esfuerzo del amor de Dios por salvar. Renovar la fe en El, aceptarlo como luz de la vida. Aceptar que Dios es como Jesús lo muestra. Hacer un acto de confianza en Dios mi Salvador.


DEL EVANGELIO DE JUAN (9, 1-41)

Al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: «Maestro ¿quién pecó, él o sus padres, para que naciera ciego?» Jesús contestó: «Ni éste pecó ni sus padres; sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tengo que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.» Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, y se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte en la piscina de Siloé» (que significa Enviado). El fue, se lavó y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es éste el que se sentaba a pedir?» Unos decían: «El mismo. Otros decían «No es él, pero se le parece.» El les respondía: «Soy yo.»  Y le preguntaban: «¿y cómo se te han abierto los ojos?» Él contestó: «Ese hombre que se llama Jesús, hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé y empecé a ver.» Le preguntaron: «¿Dónde está él?» Contestó: «No lo sé.» Llevaron donde los fariseos al que antes había sido ciego. Era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había recobrado la vista. El les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé y veo.» Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador realizar semejantes señales?» Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «¿Y tú qué dices del que te ha abierto los ojos?» El respondió: «Que es un profeta.»   Pero los judíos no se creyeron que aquel había sido ciego y había recobrado la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?» Sus padres contestaron: «Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego. Pero, cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros; y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntadle a él, que es mayor y puede explicarse». Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos, porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él.» Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: «Confiesa ante Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.» Contestó él: «Si es un pecador, no lo sé. Sólo sé que yo era ciego y ahora veo.»  Le preguntan de nuevo: «¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?» Les contestó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo otra vez? ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?» Ellos le llenaron de improperios y le dijeron: «Discípulo de ése serás tú: nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios; pero ése no sabemos de dónde viene.» Replicó él: «Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y sin embargo me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad, a ése le escucha. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.» Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?» Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?»  Él contestó: «¿Y quién es Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.» Él dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él. Dijo Jesús: «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se queden ciegos.» Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: «¿También nosotros estamos ciegos?» Jesús les respondió: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís que veis vuestro pecado persiste.»

SALMO 27

El Señor es mi luz y mi salvación,

¿a quién temeré?

El Señor es el refugio de mi vida,

¿por quién he de temblar?

Aunque acampe contra mí un ejército,

mi corazón no teme;

aunque estalle una guerra contra mí,

estoy seguro en ella.

Una cosa he pedido al Señor,

una cosa estoy buscando:

morar en la Casa de el Señor,

todos los días de mi vida,

Que él me dará cobijo en su cabaña

en día de desdicha;

me esconderá en lo oculto de su tienda,

sobre una roca me levantará.

No me abandones, no me dejes,

Dios de mi salvación.

 Aunque mi padre y mi madre me abandonaran,

el Señor siempre me acoge.

 Enséñame, Señor, tu camino, 

guíame por senda llana.

Espera en el Señor, ten valor y firme corazón,

espera en el Señor.