Domingo 8-3-20 2° de Cuaresma/A

Textos: Gen 12, 1-4;  2Tim 1, 8-10;  Mt 17, 1-9

Estamos en el 2° domingo de Cuaresma. La Cuaresma debe ser para nosotros momento de reflexión sobre la vida, especialmente para hacer un acto de fe en Jesús y en nosotros. El valor de la vida no está en ella misma sino en el sentido, en el adonde queremos llegar. Y en la Cuaresma nos proponemos tres elementos para ese camino de la vida: la oración, la limosna y el ayuno.

La oración como encuentro con el Señor. Un encuentro que nos debe llenar de alegría. Si no nos atrevemos a acercarnos al Señor, entonces preparémonos para recibirlo, pues él mismo va a salir a nuestro encuentro. Tengamos esa disposición de acogerlo y estar con él. Este encuentro puede suceder en momentos y espacios de nuestra vida cotidiana, en encuentros con personas de nuestro entorno familiar, profesional o de descanso. Estemos atentos y vigilantes para reconocer su presencia.

El segundo elemento es la limosna. La limosna que es grata a Dios no es dar de lo que nos sobra, sino es dar lo que el otro necesita, aunque tenga que recortar de lo mío. Me voy a fijar en algo que atesoramos y apreciamos mucho, y somos muy avaros de ello: mí tiempo. Para lo importante, como es ayudar al que lo necesita, estar cerca de él, acompañarlo, saber escuchar, consolar, echarle una mano…, sacamos muy frecuentemente la excusa de que no tenemos tiempo. Saber administrar “mi tiempo” para servir en algo al que lo necesite, puede ser un elemento de nuestra conversión en esta Cuaresma.

El ayuno. En la vida moderna ayunamos por mil motivos relacionados con nuestra salud, o con nuestro buen ver. Para que se nos vea en forma, para que tengamos un nuevo look… nos sometemos en increíbles operaciones quirúrgicas, dietas, entrenamientos, ejercicios físicos y mentales. Es una nueva forma de esclavitud que lo aceptamos como natural, y “casi” no nos cuesta, y en todo caso, cuando compartimos la experiencia con otros, nos mostramos orgullosos de ello.    Les quiero proponer una forma de ayuno más apropiado en este tiempo de Cuaresma, para los tiempos que corren.  “Ayunemos” evitando hablar mal de los otros y respetando a las personas, así no comulguen con nosotros. “Ayunemos” perdonando a los que consideramos enemigos, a los que nos desean mal, a lo que nos han ofendido y nos han hecho daño. “Ayunemos” recibiendo el perdón, caminando hacia el encuentro de los que nos adversan, evitando todo tipo de violencia.  “Ayunemos” haciendo el bien, tendiendo la mano al que esté en necesidad. En todo caso, vayámonos preparando para ello, para la reconciliación, para la convivencia fraterna. Este es el ayuno agradable a Dios, el ayuno que Él quiere de nosotros hoy.

El evangelio de hoy, el de la Transfiguración, nos presenta a Jesús hablando con Moisés, el de la Ley, y con Elías, el Profeta. Los tres discípulos, por su parte se encuentran entre gozosamente asombrados y temblando de miedo. La voz que se escucha nos quiere transmitir un mensaje: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puesta mis complacencias; escúchenlo”.  Jesús se acerca a ellos y los toca.

Todos los mandamientos y enseñanzas se reducen a esto: a escuchar a Jesús. Esta es la nueva relación que se establece entre los seguidores y Jesús. Cuando escuchamos a Jesús sus primeras palabras van a ser, “levántate, no tengas miedo”.  Así, entenderemos que siempre Jesús estará alentando nuestra poca fe; alentándonos a caminar al encuentro con el Padre que nos estará esperando, dispuesto a salir a nuestro encuentro, a recibirnos con un abrazo. Su amor consiste en estar siempre dispuesto a perdonarnos.

En un ambiente social y político en donde se cruzan múltiples voces opuestas que nos llegan por los mil caminos de las redes sociales, y también, del que “dijeron que” sin saber su origen, nos corresponde tener unos filtros críticos de escucha muy exigentes, pues nos vemos arrastrados por un deseo de creer todo aquello que más se nos acomoda. Y, en consecuencia, se nos induce a tomar decisiones y caminos que no son los de los seguidores de Jesús. En estos momentos, escuchemos a Jesús, sólo a Jesús. Que la de él sea la única y decisiva palabra. Dejemos que se nos acerque y que nos toque.

 

 

Luminosa oscuridad

Eres incomprensible.

Pero la oscuridad

de tu misterio,

es más luminosa

que nuestras ideologías

pequeñas luces colgadas

en las encrucijadas.

 

Eres inaccesible.

Pero tu distancia

es más acogedora

de lo último de mi ser,

que todos los brazos

que se cierran con amor

sobre mis espaldas.

Benjamín González Buelta, sj

 

 

Eres indecible.

Pero tu nombre

orado humildemente,

va manando silencioso

más sabiduría

que los torrentes de palabras

que circulan en la tierra.

 

Eres inmanipulable.

Pero tu designio

trae hasta mis venas,

una gota de vida eterna

que hace brotar

desde el centro de mi realidad

todas mis creaciones.

 

TAREA:

  1. Contemplación. Contemplar a Jesús en la cumbre del Monte. Escuchar la Palabra. Renovar nuestra fe en Jesús. Este es el Salvador, el Camino, la Verdad, la Vida. Profesar la fe que tenemos en El, darle nuestro asentimiento. Y dejar que el corazón disfrute de ver su gloria, “gloria del Unigénito del Padre, lleno de Gracia y de Verdad”.
  2. Examen. Encender la luz de Jesús sobre el día, la semana que hemos pasado. Ver qué cosas de las que hago o tengo brillan con la luz de Jesús, o se vuelven sombra ante esa luz. En la oscuridad hay fantasmas que parecen reales, y hay realidades que no se ven. Encender la luz y ver la realidad.

 


DEL EVANGELIO DE MATEO (17,1-9)

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: – Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres haré tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.  Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: – Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle. Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y tocándolos les dijo: – Levántense y no teman. Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: – No cuenten a nadie la visión, hasta que el hijo del hombre resucite de entre los muertos.

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