Domingo, 29-3-20 V /Cuaresma.

Domingo, 29-3-20 V /Cuaresma.   Textos: Ez 37, 12-14; Rm 8,8-11; Jn 11, 1-41

Estamos celebrando la eucaristía en medio de una epidemia global que nos mantiene encerrados en nuestras casas. Nos sentimos recortados en la comunicación y contacto presencial, lo que produce en nosotros una cuota importante de soledad que estamos llamados a enfrentar y asumir creativamente. Surgen en nosotros sentimientos fuertes y diversos de incertidumbre y de oscuros miedos. Las redes sociales y los medios de comunicación nos desbordan con infinidad de informaciones, que terminan por desinformarnos, generando una sensación de desasosiego y asfixia. Esta eucaristía nos puede ayudar a encontrar el espacio de paz y de cordura que necesitamos.

Ordenemos las escenas del evangelio. La primera presenta la situación del anuncio de la enfermedad de Lázaro; el retardo en responder a la llamada de las hermanas; y termina con la decisión de enfrentar la subida a Jerusalén, su destino, Lo que resalta es la fidelidad a su misión de dar vida, su cariño, su hacer las obras del Padre. La decisión de enfrentar la amenaza a su vida, “Vayamos otra vez a Judea”.

La segunda, ya en Betania, las conversaciones con las dos hermanas. En ellas se manifiesta la humanidad de Jesús, su interioridad, pues se conmueve hasta lo más hondo y se pone a llorar por la muerte de su amigo Lázaro, al que amaba profundamente.  Aparece la relación de Jesús con el Padre en la oración, y en la confianza de que es escuchado. Termina con la salida de Lázaro de la tumba con pies y manos atadas, pero vivo.

La tercera presenta el contraste entre la fe de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, testigos de la resurrección, y la de las autoridades judías que toman la decisión de dar muerte a Jesús. Para Jesús el don de dar vida es causa de su muerte.  Por la resurrección de Lázaro unos creerán en él y otros decidirán definitivamente su muerte.

¿A qué nos invita el Señor en este evangelio? A que nos atrevamos a vivir esa Vida que nos está ofreciendo; a que salgamos de nuestros sepulcros, donde estamos encerrados y atados de pies y manos. Hagamos el listado de nuestros sepulcros: corazón egoísta replegado sobre sí mismo; desengaños que nos llevan a retirar la confianza; desesperanzas con horizontes de vida cerrados; desamores con corazones destrozados…  No seamos sordos y escuchemos el grito: “¡Sal afuera!” Salir de nosotros mismos, de pensar sólo en uno, de vendarnos constantemente para quedarnos paralizados. Salgamos a preocuparnos por otros, excluidos y en necesidad, a nuestro alrededor, en la familia, en el país, … Esa es la vida que vive Jesús.

Desgraciadamente, son muchos los que se dedican a llenar de muertos los sepulcros: en la violencia en nuestro país, con los números rojos de las estadísticas que esconden rostros y familias concretas; en nuestras cárceles, con su hacinamiento de depósitos humanos olvidados por los responsables directos y la sociedad entera; en la tragedia de la pandemia que nos encierra y aísla en las casas, y en el creciente número de contagios y fallecimientos. Pero gracias al pozo de bondad que nos da Dios, son muchos más los que ponen su vida en servicio y riesgo para que otros tengan vida: médicos, enfermeras, trabajadores del aseo, los que están en la cadena de alimentación, … todos los servidores públicos… Nada de esto nos debe ser ajeno.  

Este evangelio nos dice que es posible resucitar, que ése es precisamente el proyecto de Jesús. La resurrección ya ha empezado, puesto que el amor es lo único que no muere, es la vida definitiva. Además, es posible ayudar a resucitar, a desatar vendas, para que muchos que están muertos puedan comenzar a andar.

El evangelio nos invita a asumir la misión que nos confía Jesús, a comprometernos a vivir como él vivió, como “resurrección y vida”, ayudándole en su misión resucitadora. Como portadores de esperanza, creemos firmemente que el mundo puede ser curado. Nada ni nadie para el Señor está definitivamente perdido. Todos podemos volver a la vida de nuevo. Para ello, es necesario no solamente dedicarse a amar, sino a enseñar a amar.   Este es el proyecto de vida del cristiano: si el amor es precisamente la Vida, lo único que no muere, no hay otra tarea más apasionante que amar de verdad. “El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”.

Como resumen:

  1.  Ante un mismo acontecimiento de la resurrección de Lázaro, unos creen en Jesús como  Señor, y otros lo rechazan y preparan su muerte. El evangelio es un llamado a liberar nuestra libertad para optar por  caminos de vida. Quitémonos las vendas que nos impiden caminar.
  1. En esta escena, se nos presenta Jesús en toda su humanidad. Vemos a Jesús llorando por la muerte de su amigo y por el dolor de la familia. Creamos en la humanidad de Jesús; que se ha hecho uno de nosotros, el Dios con nosotros.
  1. El modo de orar de Jesús. La oración al Padre: “Jesús levantando los ojos, dijo: – Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú  me escuchas siempre, pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Oración es reconocer que Dios está presente en todo momento y lugar; es agradecer su cercanía, que quiere estar en comunicación con nosotros; es presentar sencillamente nuestras necesidades y dejarlas en sus manos.

TAREA PARA NUESTRA ORACIÓN (Galarreta)

1.- Repitamos las palabras del evangelio.  Es un buen ejercicio de oración recitarlas pausadamente:

  • “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”
  • “Vayamos  también nosotros, para  morir con él” (versión larga)
  • “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”
  • “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”
  • “Ya vino el Maestro y te llama” (versión larga)
  • “De veras ¡cuánto le amaba!”
  • “Padre, te doy gracias porque me has escuchado.
  • “Yo ya sabía que tú siempre me escuchas”
  • Añada otras…

2.- ¿Mi vida es un camino de resurrección, o es un camino de muerte?. Encender en los corazones la luz de esperanza que nos brinda de Jesús. Hay sectores de mi vida, ramas de mi árbol, que están muertos, no son para la vida eterna. Presentarlos sencillamente ante Dios. Quizá no tenemos ni intención de cambiarlos. Reconocerlo ante Dios. Pedirle que los riegue con el agua de la Vida, que reverdezcan, que den fruto.

DEL EVANGELIO DE JUAN  (11, 1-45)

Un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. (María era la que ungió al Señor con perfumes y le enjugó los pies con su cabellera: el enfermo era su hermano Lázaro). Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo: – Señor, tu amigo está enfermo. Jesús, al oírlo, dijo: – Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. Jesús amaba a Marta, a su hermana María y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos: – Vamos otra vez a Judea. Los discípulos le replican: – Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, y ¿vas a volver allá?

Jesús contestó: – ¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz. Dicho esto, añadió: – Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo. Entonces le dijeron sus discípulos: – Señor, si duerme, se salvará. (Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural). Entonces Jesús les replicó claramente: – Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa. Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: – Vamos también nosotros y muramos con él. Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. (Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y María, para darles el pésame por su hermano) Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: – Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun así sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.  Jesús le dijo: – Tu hermano resucitará. Marta respondió: – Sé que resucitará en la resurrección del último día. Jesús le dice: – Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto? – Ella le contestó: Sí, Señor, yo creo que tu eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo. Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: – El Maestro está ahí y te llama. Apenas lo oyó, se levantó y salió a donde estaba él, porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos, que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María a donde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: – Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano. Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y, muy conmovido, preguntó:- ¿Dónde lo han enterrado? Le contestaron: – Señor, ven a verlo. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: – ¡Cómo le quería! Pero algunos dijeron: – Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera ése?  Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa). Dijo Jesús: – Quiten la losa. Marta, la hermana del muerto, le dijo: – Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días. Jesús le dijo: – ¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos, dijo: – Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre, pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado. Y dicho esto gritó con voz potente: – Lázaro, ven afuera. El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: – Desátenle y déjenle andar. Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.


Reza, cree y llora

Rezo saliendo al encuentro del Señor.
Creo y confío en su promesa de amor.
Pido lágrimas ante el dolor ajeno,
lágrimas que me impulsen a consolar,
a aliviar la carga de los demás,
a luchar contra las injusticias.


ORACIÓN DE DESPEDIDA

Bendito seas mi Dios, mi aire,

que estás ahí, tan cierto como el aire que respiro.

Bendito seas, mi Dios, mi viento,

que me animas, me empujas, me diriges.

Bendito seas, mi Dios, mi agua, esencia de mi cuerpo y de mi espíritu,

que haces mi vida más limpia, más fresca, más fecunda.

Bendito seas, mi Dios, mi médico, siempre cerca de mí,

más cerca cuanto me siento más enfermo.

Bendito seas, mi Dios, mi pastor,

que me buscas buenos y frescos pastos,

que me guías por las cañadas oscuras,

que vienes a por mí cuando estoy perdido en la oscuridad.

Bendito seas, mi Dios, mi madre,

que me quieres como soy, 

que por mí eres capaz de dar la vida, 

mi refugio, mi seguridad, mi confianza. –

Bendito seas, Dios, bendito seas.

Levántate y anda

Levántate y anda, cuando no encuentres horizonte,

porque siempre hay un camino que recorrer,

y no hay razón para dejar de intentarlo.

Levántate y anda, aunque te rodeen las sombras.

La luz se abre paso por resquicios insospechados,

y al iluminar la realidad la llena de posibilidades

.

Levántate y anda, aunque te opriman las vendas.

Puedes quitarte muchos estorbos que te impiden avanzar,

y avanzarás más liviano, más libre, más alegre.

Levántate y anda, aunque te sientas sin fuerzas.

Es Dios el que te impulsa, quien te lleva de la mano,

quien te llena de espíritu.

Deja atrás las sombras y tumbas, los silencios y miedos,

las parálisis y vendas que te aíslan y entristecen.

Deja atrás las pequeñas muertes que adulteran la vida.Vamos, Lázaro, levántate y anda.   José Mª Rodríguez Olaizola, SJ

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